Para conocer la historia de la automoción española y reflexionar sobre nuestro mundo a partir de pequeñas maquetas de vehículos a escala 1/87

viernes, 9 de agosto de 2013

Chevrolet Caprice “Alabama State Troopers”

La maqueta
En esta ocasión se trata de la referencia 47689 de Busch, a la que no se le ha realizado otra modificación que la de añadir las placas de matrícula.
Maqueta: Chevrolet Caprice
Fabricante: Busch
Escala: 1/87
Año de realización: 2011

Detroit, las ruinas de la capital del motor.

Una de las noticias de este verano ha sido el intento de declaración de bancarrota del municipio estadounidense de Detroit (Michigan). No se puede decir que sea una noticia sorprendente –más bien es un episodio más de la crónica de una muerte anunciada- pero sí ha provocado que comentaristas aburridos reflexionen sobre el hundimiento de la mítica Motortown. Para unos, ejemplifica la inviabilidad de un sistema económico salvaje y homicida; para otros, es culpa de los socialistas.
Como la última afirmación parece ser para quienes la enarbolan un axioma universal, es inútil argumentar en su contra. En cambio, sobre el primero sí caben unas palabras. A mí modo de ver, la decadencia de Detroit no se debe precisamente a lo inviable de un sistema económico profundamente injusto, inhumano e inmoral (sistema que, por otra parte, continúa más ferozmente vivo y criminal que nunca gracias a la “crisis”) sino que, más bien, constituye una clara consecuencia de la sublimación de éste, en su eterna búsqueda del aumento de beneficios y reducción de costes, en aras de adorar al todopoderoso Mammon.
Ya ocurrió durante la segunda mitad de los años 60, cuando la llegada de miles y miles de negros del sur a la próspera ciudad de los Grandes Lagos supuso la irrupción de una ingente cantidad de mano de obra. ¿Barata? Pues supongo que sí, ¿no? En ninguno de los concienzudos artículos que recientemente se han publicado he leído nada sobre el particular, pero vistos los terribles disturbios raciales de 1967 es razonable pensar que esos pobres sureños no percibían generosos estipendios…
La cuestión es que, a partir de los 70, el declive parecía evidente e inevitable, con una crisis del petróleo que cercenaba las bases de la todopoderosa industria automovilística americana, orgullosa de fabricar vehículos del tamaño de portaaviones con tecnología del siglo XIV. Algo insostenible en medio de una grave crisis y con fabricantes europeos y japoneses aguzando el ingenio en fabricar automóviles para el mundo real. Pero en los despachos de Detroit nada de nada, a seguir con las ballestas y los motores V8, que somos americanos.
Y claro, llegaron los japoneses con sus coches de gran calidad y bajo consumo y empezaron a competir contra los carromatos de los pioneros, que solo pudieron -y pueden- sobrevivir a base de aranceles a la importación y ese cegador patriotismo que impide analizar al consumidor medio la conveniencia de elegir el producto más idóneo en un mercado libre.
En todo caso, este es cada vez más competitivo y los fabricantes deben luchar enconadamente por sobrevivir. Los ocupantes de los sillones de los consejos de administración de las grandes corporaciones del sector deben idear ingeniosas estrategias para salvar su negocio. Por supuesto, esos sillones están ocupados por hombres muy patriotas, que nunca nunca nunca trasladarían sus fábricas a terceros países para ahorrar mano de obra, claro que no… Pero resulta que ¡ohh! sí lo hicieron, y los cientos de miles de trabajadores de la General Motors, Ford o Chrysler que durante décadas compusieron los ritmos fabriles de Detroit acabaron en el paro. Y con el paro vino la pobreza, la delincuencia, el éxodo y la bancarrota.
Aún así, el sistema que elevó y condenó a Detroit sigue vivito y coleando con fuerza inusitada, sus sumos sacerdotes siguen revolcándose en la iniquidad de unas riquezas que no paran de crecer y el resto… pues el resto, Walts Kowalskis de cualquier color, daños colaterales, víctimas propiciatorias en el gran holocausto a Mammon.
Nada que ver con los audaces años de principios del XX, en los que tras la puerta metálica de cualquier pequeño taller de la ciudad se podía encontrar a los señores Ford, Durant o Buick, montándole un motor a algún artefacto con ruedas.
En años dorados de la postguerra, el american way of life parecía la panecea universal, y de las cadenas de Detroit surgían enormes automóviles de líneas vanguardistas inspiradas en las aventuras aeroespaciales en las que los EE.UU. se embarcaban triunfantes. Una época de pérdida de las viejas virtudes; de opulencia y de desmesura, pero que produjo algunos de los coches más bonitos de la historia. No es el caso evidentemente de la 4ª generación del Caprice que nos ocupa, pero quizá sí de la primera.

El Chevrolet Caprice

Surgido en 1965 como una versión de lujo del famoso Impala, su éxito pronto lo convirtió en un modelo propio, grande y lujoso, con un motor V8 de entre 4’6 y 7’4 litros. En 1971 surgió la segunda generación, sobre una plataforma aún mayor (3’1 m. de batalla), que se produjo también en la planta de General Motors en Caracas, como lo fue asimismo la tercera, que vio la luz en 1977, cuando la crisis del petróleo ya se había hecho bien patente en su nuevo diseño, mucho más sobrio, algo más pequeño (30 cm y casi 300 Kg menos) y con motores de “menor” cilindrada (entre 3’8 y 5’7 litros).
A finales de los ochenta, cuenta la leyenda que unos ingenieros de la GM encontraron en el diccionario una extraña palabra: “aerodinámica”. Movidos por la curiosidad, leyeron la definición y les gustó el concepto, por lo que decidieron ponerlo en práctica. Fruto de ese sensacional hallazgo desarrollaron la cuarta generación, aparecida en 1991 y que se caracteriza por sus líneas redondeadas. La pena es que se quedaron ahí y no llegaron a descubrir el sofisticado concepto de “carrocería monocasco”, por lo que siguieron construyendo el Caprice como si fuera un Ford T.
En todo caso, tanto la 3ª como la 4ª generación del Caprice fueron muy habituales como coche patrulla, prestando servicio en numerosos cuerpos policiales norteamericanos, como los Alabama State Troopers, es decir, la policía del estado de Alabama.
Desde 1999 el Caprice se fabrica en la factoría Holden de Australia y se dirige a los mercados de Oriente y Asia.
Ficha técnica: Chevrolet Caprice (1991-1996)
Motor: V8 4’3 litros
Potencia máxima: 200CV
Transmisión: automática 4 velocidades








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